EL ARTE DE VIVIR ES EL ARTE DE ACEPTAR
Desde luego que somos seres socializados, y bien sabemos que la calidad de la vida
está alineada con la calidad de las relaciones sociales. Pero eso es diferente,
y mucho, a pretender buscar el foco o explicación de lo que siente el ser humano,
de lo que es, en otras personas, fuera de sí mismo.
Debemos aceptar que una vida que pretenda ser responsable conscientemente debe
empezar por aceptar que cada uno de nosotros somos los artífices de nuestra situación
actual, bajo todo punto de vista. Sí, es cierto que el pasado, pasado es, y como tal,
ya no existe. Pero más cierto que fuimos construyendo lo que ahora somos, a cada
gota de pasado.
Y esta idea no tendría sentido si no fuera para animarnos a superar el pasado.
Además, con vehemencia, bajo mi punto de vista. Porque no debemos perder el
prisma de que como seres humanos, en nuestra esencia está la búsqueda del
bienestar. Paz. Estabilidad emocional. Tranquilidad. Risas y sonrisas. Qué bonito…
¡Y qué cierto!
Yo pienso que es un derecho-deber moral del ser humano la búsqueda de
esa paz que haga sentir bienestar, con lo que sintamos natural el goce de la vida
que se nos dio. Sí, que se nos dio el mayor acto de amor que bajo mi punto
de vista existe, la maravillosa bendición de la vida. Dios Creador, Universo…
que cada cual le llame como quiera, pero que cada persona admita que nada hizo
para estar aquí. Ahora viene la segunda parte. Estar aquí y encontrar la forma
de honrar a quien nos inventó, y cómo nos inventó, teniendo una existencia de
bienestar, o al menos, en su búsqueda.
Porque también es cierto que vivir no es fácil. Al menos para mí.
De hecho, así concibo la sabiduría. La capacidad de discriminar lo realmente
significativo, de lo que no lo es, y que casi siempre coincide con lo inmediato.
Conozco a personas que ven y sienten la vida como un proceso que llevan
a cabo con sencillez y facilidad. Y yo me lo creo, por lo que expresan con su
lenguaje no verbal, por la vibración que transmiten. Cuando les tengo cerca,
si me lo permiten, estoy atento para aprender.
La búsqueda mencionada arriba exige la superación el pasado, si en el mismo
se observan hechos y actitudes propias que fueron consecuentes con
sufrimientos presentes. Somos seres adultos con capacidades intelectivas y
volitivas como las que ninguna otra especie tiene. Seamos consecuentes.
Además, no estamos solos. Hay quienes llegaron a nuestra vida y sintieron
que teníamos importancia para ellos. (No es de extrañar, porque cada ser
humano es una maravilla). Ni uno mismo, en primer lugar, ni estas personas,
merecen la inacción contra la superación de un pasado que es una rémora
para las relaciones, que incluye un buen conjunto de creencias limitantes
de nuestro desarrollo personal.
Hay que tener valentía y meterle mano, si fuese necesario, a ese subconsciente
que sospechamos que es responsable de una situación actual con aristas
perjudiciales para nosotros y para quien se preocupa por nosotros.
Y no valen excusas.
Estamos en el siglo XXI, y las ciencias relacionadas con el estudio de la mente
han logrado grandes hallazgos. Sabemos de la permeabilidad del cerebro
hasta la muerte, y por tanto, de la capacidad de aprendizaje perpetua.
Sabemos de la capacidad de modificación incluso del ADN.
No hay peros, que valgan.
Volviendo a la responsabilidad que tenemos cada uno en relación con la
situación actual, y como con cualquier cuestión del ser humano,
también aquí debemos huir de dogmatismos e ideas máximas
que no ofrezcan duda. Claro que hay excepciones. Y en el tema que
desarrollamos en este momento estos extremos son las cuestiones que
quedaron fuera absolutamente de nuestras posibilidades de influencia.
Por desgracia, en la vida de cada ser humano hay realidades pasadas
que le afectan directamente, incluso de un modo decisivo, y sin embargo
nada pudo hacer porque las cosas fueran diferentes.
Entonces, sí, todo empieza en ti. Pero ojo, sabiendo que es probable que
alguna circunstancia de tu vida estuviese radicalmente fuera de tus
posibilidades de acción, y que incluso es posible que esas circunstancias
tengan mucha significación en tu vida. Ante eso solo queda aceptar.
Ojo, muy diferente a resignarnos.
Porque éste último concepto conlleva un juicio de valor negativo,
con el que me conformo, y va, sigo…
Aceptar incluye precisamente tener en cuenta que toda realidad es
interpretada por la mente humana para ser entendida de forma personal
por todo aquel que la observa. Con plena humildad observamos que lo
que apreciamos, lo hacemos bajo el propio prisma de nuestra interpretación.
Y cada persona es diferente y única. Por ello se dice que los hechos
de la vida, las actitudes de las personas, todo…, es neutro, es decir,
es posible no otorgarle valoración ninguna.
De este modo, observamos la realidad como espectadores ecuánimes, q
ue no estamos obligados a decantarnos por si cualquier acontecimiento,
cualquier actitud, nos parece bien ni mal. Simplemente es.
Como el agua de un río sortea una piedra que hay en su cauce,
y sigue su camino hacia el mar. Lo observo y no me pongo a pensar si me
parece bien o mal. Eso es aceptar. Llamémosle también fluir o soltar.
Y es muy sano.
Sobre todo cuando enjuiciamos actos de personas, e incluso tenemos la
osadía de juzgar a esas personas por un acto, por un conjunto de actos,
incluso, por una actitud…, sin que conozcamos su psicología, forma de
ser y de pensar, su experiencia, o su historia, que lógicamente debió
ser importante para que aparezca ahora al mundo como lo hace.
Por todo esto es tan bueno tener la capacidad de aceptar. Y es que hay
ocasiones en las que no somos responsables de todo nuestro presente,
porque aspectos de nuestro pasado quedaron lejos de nuestras
posibilidades de modificación; y es que cada uno de nosotros interpreta
la vida en base a muy diferentes factores psicológicos… Entonces,
digo yo…¿Por qué no entrenarnos en el saludable arte de no enjuiciar
y respetar más genuinamente a la vida?
El premio, para el caso de tener éxito en ese arte es poderoso. Es amplio
y tiene muchas variantes. Pero a mí me conmueve la posibilidad de disfrutar
de las pequeñas cosas que componen una vida entera.
Son aparentemente poco importantes. Que si doy un paseo una mañana
de agosto, antes de que la canícula rompa la paz; que si me paro en la cocina,
ordeno, limpio y hago un estofado disfrutando de cada uno de los pasos
que me dice la receta; que si entablo una agradable conversación con un señor
que hay en un banco del parque, a quien no conozco de nada, y pongo mis cinco
sentidos en la escucha, captando todo su mensaje, su sentir, su estado de ánimo…
Entonces observas que el arte de vivir es el arte de aceptar.

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